08 septiembre 2012

El Dragón...








El sabio es aquel que ha descubierto que sólo existe el presente. El sabio es aquel hombre o mujer que reconoce el personaje que ha creado y para qué lo creo, no se pelea con él, sabe para qué le sirve y entiende la importancia que tiene en la vida y que estará ahí hasta el fin de sus días en la tierra.

El sabio es aquel que no se reconoce como sabio porque le queda mucho por aprender y sabe que cualquier etiqueta le limita y prefiere la ingenuidad del niño y el lienzo en blanco, el espacio sencillo, la expresión espontánea.

El sabio sabe que tiene un dragón dentro y que debe hacer una alianza con él porque es la esencia que habla a través de su intuición, la sensación, la soma, del sentimiento...y no se le puede engañar. Cuando lo descubre, la alianza es tan fuerte que nunca más se olvida de él.

Tu no lo sabes o sí... pero, eres este sabio sólo que te falta verlo para reconocerte y quizás, aún no lo has hecho y si lo has hecho, qué bueno encontrarte con ésto que te digo...

Cuando el dragón grite y te lance toda su fuerza pensarás que es contra tí, un ataque de ansiedad, miedos profundos, que te sientes atrapado, inseguridad..., fíjate qué te dice tu sentir, qué imágenes te llevan, qué olores, qué sonidos, háblale sin castigarle ni alabarle, háblale agradecido... y de pronto, si lo observas con el compromiso de no hacerle callar, escucha, ve cuanto tiene que decirte y verás lo grande que es y como estaba contenido.... necesitaba ser visto para empezar a trabajar contigo.

La alianza entre tu emoción, la historia de tu vida, con lo que la esencia entiende son lecciones para tí y sólo las puede expresar algo tan grande que se ha mantenido quieto hasta que tú estás preparado para ver y escuchar.

¿Qué tal si abandonas ya los laberintos de la mente, tantas palabras? ¿Qué te parece si en vez de ver la fiera que llevas dentro, conectas con este dragón, con quien eres realmente, con el Ser, tu esencia? Con esa luz maravillosa, cegadora e inspiradora; y esta sombra cautivadora, inquietante y a veces, placentera...

¿Cómo te sientes hoy si te digo que él está conspirando para tí para que a través de su fuerza puedas llegar a tu máximo estado de curación y bienestar?

Prueba de mirarte al espejo sin ese juicio, sin prejuicio esta vez y recupera aquella mirada, quizás antigua de tu dragón... A ver qué pasa...

Vuelvo pronto!

Feliz entrada de curso, amigos!




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Aportación facilitada como respuesta a este artículo, de mi querida hermana y amiga 'gemeling' Fuensi García:


Rainer Maria Rilke


BORGEBY GARD, SUECIA
12 DE AGOSTO DE 1904
Quiero volver a hablar un rato con usted, querido señor Kappus, aunque no tengo casi nada que decirle que sirva para algo, apenas nada útil. Usted ha tenido muchas y grandes tristezas, que han pasado. Y dice que también ese paso fue difícil y desazonante para usted. Pero, por favor, considere si esas tristezas no han pasado como cruzando por en medio de usted; si no hay mucho en usted que se haya transformado, si no ha cambiado usted en algún punto, en algún lugar de su ser, mientras estaba triste. Sólo son peligrosas y malas aquellas tristezas que se llevan por entre la gente para ensordecerlas: como enfermedades que se tratan de un modo superficial y tonto, no hacen más que echarse atrás, y vuelven a salir más temibles después de una pequeña pausa; y se concentran en el interior, y son vida, son vida no vivida, despreciada, perdida, en que se puede morir. Si nos fuera posible mirar más allá de lo que alcanza nuestro saber, incluso pasando un poco sobre las avanzadas de nuestro presentimiento, quizá soportaríamos entonces nuestras tristezas con mayor confianza que nuestro gozo. Pues ellas son los momentos en que ha entrado algo nuevo en nosotros, algo desconocido; nuestros sentires enmudecen en tímido cohibimiento, todo lo que hay en nosotros retrocede, surge un silencio, y lo nuevo, que nadie conoce, se yergue en medio y calla.
Creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión, que percibimos como paralización porque no oímos ya vivir nuestro sentir enajenado. Porque estamos solos con ese extraño que ha entrado en nosotros; porque se nos ha quitado por un momento todo lo familiar y habitual; porque estamos en medio de un tránsito donde no podemos quedarnos quietos. Por eso también pasa la tristeza: lo nuevo en nosotros, lo sobrevenido, ha entrado en nuestro corazón, ha penetrado en su más íntima estancia, y tampoco está ya ahí: ya está en la sangre. Y no percibimos lo que era. Se nos podría hacer creer fácilmente que no ha ocurrido nada, y, sin embargo, nos hemos transformado, como se transforma una casa en la que ha entrado un huésped. No podemos decir quién ha llegado, quizá no lo sabremos nunca, pero hay muchos síntomas que expresan que el porvenir ha entrado de ese modo en nosotros, para transformarse en nosotros, mucho antes de que acontezca. Y por eso es tan importante estar solos y atentos cuando estamos tristes: porque el instante —aparentemente sin acontecimientos e inmóvil— en que nos sale al encuentro nuestro futuro está mucho más próximo a la vida que esos otros momentos ruidosos y casuales en que se cumple para nosotros, como viniendo desde fuera. Cuanto más silenciosos, pacientes y abiertos estemos en la tristeza, más honda y certeramente entrará en nosotros lo nuevo, mejor lo adquiriremos, más se hará destino nuestro, y más nos sentiremos familiares y próximos a él cuando un día «acontezca» (es decir: cuando salga de nosotros hacia los demás). Y ello es nece­sario. Es necesario —y hacia ello irá cada vez más nuestra evolución— que no se nos oponga nada extraño, sino sólo aquello que nos pertene­ce ya desde hace tiempo. Si se han debido modificar ya tantos conceptos de movimiento también se reconocerá poco a poco que lo que llamamos destino sale de los hombres, no entra en ellos desde fuera. Sólo porque muchos no absorbieron sus destinos, mientras éstos vivían en ellos, y no los transformaron en sí mismos, fue por lo que no reconocieron lo que salía de ellos mismos: les era eso tan extraño que, en su confuso espanto, creyeron que precisamente entonces debía haber entrado en ellos, pues juraban no haber encon­trado antes en sí nada semejante. Igual que durante mucho tiempo se estuvo en el error sobre el movimiento del sol, así ahora se yerra todavía sobre el movimiento de lo venidero. El porvenir está fijo, querido señor Kappus, pero nosotros nos movemos en el espacio infinito.
¿Cómo no nos habría de resultar difícil?
Y si volvemos a hablar de la soledad, resulta cada vez más claro que en el fondo no es nada que se pueda elegir o dejar. Estamos solos. Se puede uno equivocar sobre esto, y hacer como si no fuera así. Eso es todo. ¡Pero cuánto mejor es darse cuenta de que somos eso, más aún, precisamente para salir de ello! Entonces ocurre, ciertamente, que sentimos vértigo, pues todos los puntos en que solía descansar nuestra mirada nos los han quitado; no hay ya nada cercano, y todo lo lejano está infinitamente lejano. Quien desde su cuarto, sin preparación apenas ni tránsito, fuera llevado a la cima de una gran montaña debería sentir algo análogo; una inseguridad sin igual, una entrega a lo innominado, le dejaría casi aniquilado. Se imaginaría caer, o haberse arro­jado al espacio, o haber saltado en mil pedazos. ¡Qué inauditas mentiras tendría que inventar su cerebro para resolver y explicar a sus sentidos la situación! Así se alteran todas las distancias y todas las medidas para el que llega a estar solo: de esas alteraciones muchas tienen lugar súbitamente, y, como en ese hombre en la cima de la montaña, surgen luego imaginaciones y extrañas sensaciones que parecen superar todo lo soportable. Pero es necesario que también esto lo experimentemos. Debemos aceptar nuestra existencia en toda la medida en que corresponda: todo, aun lo inaudito, debe ser posible en ella. Esto es en el fondo la única valentía que se nos exige: ser valientes para lo más extraño, asombroso e inexplicable que nos pueda ocurrir. A la vida le ha hecho infinito daño el que los hombres hayan sido cobardes en este sentido; las experiencias que se llaman «apariciones», todo el llamado «mundo de los espíritus», la muerte, todas estas cosas tan unidas a nosotros, han quedado tan apartadas, por la cotidiana aversión a la vida, que se nos han estropeado los sentidos con que podríamos captarlas. Para no hablar de Dios. Pero el miedo a lo inexplicable no sólo ha hecho más pobre la existencia del individuo, sino que también las relaciones de persona a persona están limitadas por él, como si se las hubiera sacado del cauce de las posibilidades infinitas a una orilla baldía, donde no tiene lugar nada. Pues no es sólo la pereza lo que hace que las relaciones humanas sean tan indeciblemente monótonas y se repitan sin renovarse de caso en caso; es el miedo a alguna nueva experiencia no previsible a cuya altura uno no cree haber crecido. Pero sólo quien esté hecho a todo, quien no excluya nada, ni aun lo más enigmático, vivirá como algo vivo la relación con otro, y conformará él mismo su propia existencia a fondo. Pues según nosotros pensamos esta existencia del individuo como un espacio mayor o menor, así se muestra que la mayoría conoce sólo un rincón de su espacio, un hueco de ventana, una franja por la que suben y bajan. Así tienen una cierta seguridad. Y, sin embargo, es más humana esa peligrosa inseguridad que, en la narración de Poe, empuja a los prisioneros a palpar la forma de su cárcel para no ser extraños al indecible terror de su estancia. Pero nosotros no somos prisioneros. No nos están preparadas caídas ni trampas, y no hay nada que nos deba dar miedo ni atormentar. Estamos puestos en la vida como en el elemento a que somos más afines, y hemos llegado a ser, por una milenaria acomodación, tan semejantes a esta vida que, cuando nos estamos quietos, apenas se nos puede distinguir de lo que nos rodea, por un feliz mimetismo. No tenemos ninguna razón para desconfiar de nuestro mundo, pues no está contra nosotros. Si tiene espantos, son nuestros espantos; si tiene abismos, esos abismos nos pertenecen; si hay peligros, debemos intentar amarlos. Y si orientamos nuestra vida solamente según ese principio que nos aconseja que nos mantengamos siempre en lo difícil, entonces lo que ahora se nos aparece todavía como lo más extraño, se hará lo más familiar y fiel nuestro. ¿Cómo ha­bríamos de poder olvidar esos antiguos mitos que están en el comienzo de todos los pueblos, los mitos de los dragones que, en el momento supremo, se transforman en princesas? Quizá todos los dragones de nuestra vida son princesas que esperan sólo eso, vernos una vez hermosos y valientes. Quizá todo lo espantoso, en su más profunda base, es lo inerme, lo que quiere auxilio de nosotros.
Entonces, querido señor Kappus, no debe asus­tarse si se levanta ante usted una tristeza tan grande como nunca haya visto otra; si hay una intranquilidad, como luz y sombra de nube, que pasa por sus manos y por toda su actividad. ¿Por qué quiere excluir de su vida ninguna intranquilidad, ningún dolor, ninguna melancolía, si no sabe lo que esas situaciones producen en usted? ¿Por qué quiere perseguirlas preguntando de dónde viene todo eso y a dónde quiere ir a parar? Pues usted sabe que está en transición y no querría cosa mejor que transformarse. Si algo le es molesto en sus procesos piense, sin embargo, que la enfermedad es el medio con que un organismo se libera de lo extraño; no hay más que ayudarle a estar enfermo a tener toda su enfermedad y a que haga crisis, pues ese es su progreso. En usted, querido señor Kappus, ocu­rre ahora mucho; debe tener paciencia como un enfermo y confianza como un convaleciente; pues acaso sea usted lo uno y lo otro. Y más aún: usted es el médico que tiene que vigilarse. Pero en toda enfermedad hay muchos días en que el médico no puede hacer más que aguardar. Y eso es lo que debe usted hacer, sobre todo ahora, en cuanto que es su propio médico.
No se observe demasiado. No saque consecuen­cias demasiado rápidas de lo que ocurre; déjelo ocurrir sencillamente. Si no, llegará muy fácil­mente a mirar su pasado con reproches (esto es: moralmente), su pasado que, naturalmente, for­ma parte de todo lo que ahora le ocurre. Lo que actúa en usted, de esos errores, deseos y anhelos de su época de muchacho, no es, sin embargo, lo que usted recuerda y juzga. Las extraordinarias relaciones de una infancia solitaria e inerme son tan difíciles, tan complicadas, entregadas a tantos influjos y, a la vez, tan separadas de toda conexión real con la vida, que, si en ellas aparece un vicio, no se le puede llamar vicio sin más. En general, se debe ser muy cauto con los nombres; muchas veces es en el nombre de un crimen donde se rompe la vida, no en la propia acción personal innominada, que acaso era una necesi­dad determinada de esa vida y podría ser aceptada sin dificultad por ella. Y el consumo de energía le parece tan grande sólo porque sobrevalora el triunfo: éste no es lo «grande», que usted cree haber realizado, aunque tenga razón en su sentimiento; lo grande es que ya había algo que usted pudo poner en el lugar de ese engaño, algo verdadero y real. Sin eso, incluso su victoria habría sido sólo una reacción moralista, sin significado amplio, pero así se ha convertido en un trozo de su vida. De su vida, querido señor Kappus, en la que pienso con tantos buenos de­seos. ¿Se acuerda usted de cómo esta vida suya deseó salir de la niñez y llegar a «lo de mayor»? Veo cómo ahora desde «lo de mayor» tiende a lo aún mayor. Así no deja de ser difícil, pero así tampoco deja de crecer.
Y si tengo todavía algo que decirle, ha de ser esto: no crea que quien intenta consolarle a usted vive sin fatigas entre las sencillas y tranquilas palabras que algunas veces le hacen a usted un bien. Su propia vida tiene mucha fatiga y tristeza, y se queda muy por detrás de la de usted. Pero si fuera de otra manera, nunca habría po­dido encontrar esas palabras.
Suyo,
Rainer Maria Rilke
Tomado de Cartas a un joven poeta, Alianza Editorial, S.A., Madrid, 1997, pp. 79 - 87.


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