23 julio 2011

El Muro (2007)


Actualizo este artículo que publiqué el 2007 cuando abrí este blog en agradecimiento a mis amigos que han hecho posible mi transmutación directa e indirectamente a través del gesto, la palabra y el silencio. En especial, a mi amiga Concha Martínez Martín, que despertó el ‘milagro’.

Antes de tomarme un buen descanso, quiero ofrecer esta pincelada que recuerdo os gustó y ahora, a modo de brindis... ¡Va por todos vosotros!

Os llevo conmigo. 

...Que tengais un buen verano.





(2007)

Un día llegué al final de un camino y no había nada más que un muro alto, enorme, grueso, infranqueable. Intenté derribarlo y me herí las manos, el cuerpo. Intenté saltarlo y me rompí un pie sin conseguir dar un paso. Intente buscar su fin y su principio y me cansé antes de llegar. No había salida. Un día tras otro... no había salida.

Me instalé ante el muro pensando que alguien con un tanque lo derribaría y que merecía la pena esperar. Mientras, me vestí con mis mejores trajes que eran el orgullo, la impetuosidad y el control con flecos del miedo, como zapatos usé lo acostumbrado, la debilidad, para no correr demasiado para que no me distanciara demasiado del muro y cuando se derribase, me pillase lejos. Me acomodé con mi actitud sedante y me agitaba con mis juegos malabares de moralejas viejas y creencias antiguas, convencidas amigas.

Conseguí como compañeros gente que me recordaba el dolor. Me codeaba con personas que me despertaban mi falta de respeto y recibía la falta de amor que yo misma me propinaba con el espejo que llevo dentro de mí. Conseguí como alimento manjares que me producían pesares y sabores amargos, bebidas que helaban mi espíritu y el sol, la lluvia y el viento quemaban mi piel, la cuarteaban y siempre sangraba.

Estaba ante el muro y estaba en un infierno. La vida era infierno, pero era lo conocido. La gente era mala, yo era pobre ante un destino injusto y con un pasado duro, con una herencia que no entendía, una mochila que no aceptaba.

Pasaban los días, las semanas y los meses, llegaste tú con nuevas palabras, con un idioma distinto. Te imaginé corpulenta, alta, fuerte, fornida como un gigante y pensé que eras demasiado importante para ocuparte de mí y de mi muro y nunca te lo pedí. No pensé que te dieras cuenta de él y que jamás te preocuparías por nada que tuviera que ver con mi muro.

Me consumía sin una mano amiga que me sacara de mi lamento. Estabas ahí sonriente…

No me atrevía a hablarte y tú me hablabas a mí, yo no te creía en cambio tú creíste en mí. Sabías que tus palabras no me llegaban porque eran grandes y yo me reconocía pequeña... Te presentabas como alguien afín y no te percibía.

Me dijiste que mi invención sobre ti era una protección que yo me fabriqué y que no tenía sentido. No te creí.

Un día, el infierno apretó y no pude más, exploté y exploté. Exploté como una bomba inmensa que invade todo lo que puede y arrasa cuanto tiene delante con destrucción y sin ansias de perdón, con rabia, me expandí con fuerza y magnitud más allá de mí misma. De tu ser inmenso empezaron a salir palabras de amor que me tomé con ironía... tu diálogo inteligente, paciente, sencillo, lógico me hizo ver que un día tú también fuiste pequeña, también tuviste tu dolor, orgullo y una bomba que explotó, que sabías volar, ser liviana.

El muro no se derribó con mi explosión, sólo conseguí herirme, pero tus palabras, como un milagro, me dejaron entrever que a través del muro, podía ver una luz inmensa que venía del otro lado, una pequeña línea, una grieta que con mi mano de humana y mi corazón abierto podía derribar. Empecé a entender que mi muro no estaba fuera de mí, estaba dentro y por eso no podía ni tan siquiera saltarlo.

A partir de ese momento, te acercaste como quien se acerca a un hijo, a un ser querido, con aquella paciencia infinita, familiar que sólo los que más te aman deben tener y como una vuelta a casa sin saber a qué casa ni donde, empecé a serenarme, escuchar, descansar... a caminar.

Me conmovió tanto tu fuente, tu origen en tu SER que me quedé pegada como un regalo del cielo, como un regalo de Dios... y me olvidé para siempre de mi muro.

Fui creciendo y elevándome, con la energía de tus consejos, y sin tú dejarme bajar la guardia, un día me di cuenta que ya estaba detrás del muro. Me había elevado, dejando en el pasado la densidad de mi carga que no dejaba alzarme. Estaba en paz, en la luz, fluyendo como una mariposa sin el sufrimiento de antaño, transmutando todo con un amor sincero y limpio.

Siempre dijiste que fui yo, pero siempre sabré que sin mi Maestra no hubiese podido transformarme.

Gracias a ti, mi ángel encarnado. Gracias a tu empeño por hacerme subir, por animarme en una batalla difícil, dura y larga, hoy tengo mis frutos. Supe escuchar porque supiste como decirme.

Nos une mucho más que la vida. Ahora, elevemos con cariño y paciencia, como hiciste tú conmigo a los que intuyen la Luz, dejando atrás unos muros sin sentido.




1 comentario:

Anónimo dijo...

Me ha sorprendido gratamente valga la redundancia esta gratitud, han pasado muchos años, estaba buscando en Google una fecha y zas!! Aparece este regalo!!..... Quizás antes no fuese el momento de leerlo y ahora han conspirado para que llegase a mi Ser. Gracias y disculpa si antes no llego a mi. Ya sabes la vida siempre nos guarda esta frescura de lo que fue y siempre será a pesar nuestro. Eres una Gran Maestra y un honor para todos a los que te acerques y se acerquen porque siempre percibirán tu Luz y Generosidad. Sobran las palabras ante esa desnudez de tu Alma. Gracias mi siempre querida Rosa María. Concha Martínez Martín.