09 diciembre 2008

Los niños índigo, cristal... y otras muchas etiquetas


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Todos sabemos quienes son los niños índigo y para quien no sepa, hay tanta información en la red que no le hace falta comprarse ningún libro. Igualmente pasa con los niños cristal. Son los nombres más maravillosos que se les pone a los niños cuando tienen una actitud distinta a los demás niños. Se entiende que son distintos a la pauta general, a la conocida como ‘’normal’’.
Muchas veces, estos niños, aunque pase desapercibido tienen una sensibilidad con el mundo sutil muy acentuada. Son niños que no tienen barreras, no hay cercanía ni lejanía y el contacto con la oscuridad colectiva los hace revolotear de manera que los hace parecer inadaptados, cuando en realidad, han venido para readaptarnos.
Personalmente, pienso que de un tiempo a esta parte, todos los niños son índigo y/o cristal. Estoy convencida que no depende de si sus papás hacen meditación o usan medicinas alternativas, simplemente, están y lo llevarán más o menos bien, si se les sabe entender. Ayudarán a evolucionar el mundo de manera aún más rápida de lo que conocemos y como nueva generación traerá avances espectaculares.
Los niños, por excelencia, son seres fusionales, nos reconectan con la esencia de la vida. Aunque nosotros estemos muy ocupados con la economía, el trabajo, los niños cuando entran en escena en nuestras vidas lo hacen para recordarnos que el ritmo de la vida es uno y al que nos hemos sometido es otro.
Teniendo en cuenta que cada hijo pone en tela de juicio los patrones y criterios de sus padres, tarde o temprano, nos lleva a la evolución que es justo lo contrario del anquilosamiento. Entonces, cuando una madre se queja al descubrir los razonamientos de su hijo, podríamos preguntarle qué tal lleva los cambios en la vida en general, qué tal vivió ella su infancia y adolescencia, qué tal lo llevaron sus mayores cuando ella cuestionaba y si llegó a gestionar todo de manera constructiva o congeló su proceso.
El hijo nos canta las verdades con una voz afinada de una soprano que a veces es estridente, molesta, insidiosa y aguda. Si en vez de negarnos, nos posicionáramos en un punto de replanteamiento y nos diéramos cuenta de sus matices, veríamos que nuestra soprano es aterciopelada, aguda, fina y que lo que nos cuenta, nos llega al alma.
Personalmente, nunca me han gustado las etiquetas, aunque entiendo que en la sociedad, muchas veces, nos tenemos que mover con ellas para podernos entender. Estos nombres tan hermosos y cada vez más sofisticados con los que catalogamos a los niños, no deja de ser un lastre para ellos. Cada niño es uno, ya basta de querer colectivizar todo. Cada niño viene con un mensaje específico para sus padres y su entorno, para ti que le recibes y juegas con él, para mí que quiero empatizar. Punto.
¿Crees que lo harás especial y más querido pensando que es un niño cristal? No, lo que harás es condicionar todas sus reacciones con una traducción estándar que puede estar muy lejos de su verdad.
Lo ideal es saberlo escuchar, confrontar. Entender que nuestro hijo o hija es excepcional no por ser índigo o cristal, simplemente por ser. No hay niños especiales y niños vulgares. Los niños son unos seres con unas capacidades intuitivas y de otros ámbitos que hemos perdido la pista, a cambio, enseñarles nosotros lo que necesitan para circular en el mundo.
Muchas veces los adultos queremos ver verdades que nos inventamos a raíz de una sociedad tan estructurada que nos volvemos completamente ciegos con los seres que más amamos.
Si escuchamos al niño que llevamos dentro, sabremos que lo que quiere es amor, no estar solo y sentirse protegido, jugar y que le ayudemos a desarrollarse.
En pocas palabras, lo mismo que nuestro hijo.

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(Para Guille... pensando en tí. Un beso!)


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