10 agosto 2008

La emoción y su respuesta fisiológica

La emoción es el vocabulario sensitivo que tiene el cuerpo en su globalidad para expresar los sentimientos. La emoción, sea cual fuere la definición y el enfoque, también es fisiología y por tanto, dinámica que provoca en el organismo.

Para empezar, es la responsable a corto, medio o largo plazo de la homeostasis donde se regula el equilibrio, la estabilidad global del organismo, dicho a grosso modo, cambios y variantes neurológicas, endocrinas entre otras…

La emoción es un efecto de adaptación ante lo que nos pasa. La realidad, el hecho es una, la reacción es la emoción (adaptación, huída, enfrentamiento…). Está ligada a la percepción sensitiva a todos los niveles dando a nuestros cinco sentidos una magnitud mucho más importante que el simple hecho de oír, ver, oler, sabor, palpar. Cada detalle que se exponga a ellos tendrá una connotación emocional más o menos importante y una información acumulada con respecto a la experiencia vivida y su entorno.

Si lo analizamos con más profundidad veremos que tiene efectos más serios. Implicará nuestra conducta a partir de ese momento, afectando la dimensión fisiológica, dando una expresión motora y expresiva del organismo lo que se resume en que el organismo tiene una respuesta clara ante la emoción de manera desafiante, amenazante, grata o confiada… Todo esto a fuerza de segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años… acaba teniendo una repercusión, una incidencia notable en el equilibrio global de la persona. Lo que puede entenderse que de un estado mantenido a largo plazo, de un desequilibrio sostenido puede devenir disfunciones, desajustes hasta llegar a ser enfermedades que a fuerza de insistir nos pueden llevar a la muerte.

La razón tendría que ser la versión más o menos material de lo que le ocurre a la emoción, dándole la mano para poder dar palabras y entender lo que le ocurre, aunque no siempre es posible y nos quedamos sin traducir. Lo bueno es conseguir que dentro de la objetividad de la razón consigamos entender la subjetividad y ésta, en cierto modo, pueda ser traducida.

Esta generosidad la tendríamos que tener todos con nosotros mismos sin ajustarnos en patrones estándar de lo que la sociedad entiende como importante o menos importante. El simple hecho que para nosotros, un hecho determinado lo sea, es condición indispensable para trabajarlo y elaborar.

La naturaleza emocional de dos seres humanos nunca será idéntica. No todos los individuos muestran los mismos patrones aunque nos empecinemos en estructurarnos. Nunca serán los mismos ni en grado, calidad, ni en ritmo ni intensidad. Por lo tanto, el equilibrio de la homeostasis nunca será exacto de un individuo a otro, moviéndonos en valores de normalidad, los detonantes que los disparen hacia el desequilibrio pueden diferir mucho de una persona a otra.

Expresar o definir todas las emociones existentes sería algo así como tratar de describir los infinitos tonos que existen entre el blanco y el negro y la gama de colores que podríamos encontrar con todos sus matices, pero arquetípicamente existen una serie de emociones, que todos conocemos a través de nuestra experiencia particular.

En cuanto a su identidad, las emociones poseen dos vertientes: uno cuantitativo y otro cualitativo.

El componente cualitativo expresa el tipo de emoción (alegría, pena, tristeza, etc...), mientras que el cuantitativo expresa el grado de esa emoción. A partir de esta estructura, encontramos que las emociones pueden ser positivas o negativas. Pero si nos preguntamos ¿qué es positivo y qué negativo?, veremos que no es tan sencillo de responder, pues perfectamente puede responderse que es positivo todo aquello que resulte agradable; para un drogadicto sería agradable su droga, sin embargo, la emoción que experimenta ante este hecho es errónea, en el sentido de que lejos de servir como piloto de alarma ante un hecho que atenta contra la supervivencia.

Ante esta situación debemos considerar que la identidad emocional de cada individuo está sujeta, además, a los condicionantes físicos, está condicionada por el elemento social, al entorno familiar que le ha tocado vivir, a la experiencia y al desarrollo cognitivo, y por lo tanto es fácil cometer errores de apreciación, si se hace a la ligera.

Es importante que no olvidemos que el sentido de la emoción es el de hacer de brújula, dentro del medio, para orientarnos hacia la supervivencia. Este fenómeno natural e innato en todas las especies vivas, no solo implica este hecho sino, además, estar sostenida por el potencial de salud y de capacidad de adaptación.

Según el autor Daniel Goleman, autor de los libros Inteligencia Emocional, hay siete emociones básicas en el ser humano con sus respuestas fisiológicas:

Ira: La sangre fluye a las manos, y así resulta más fácil tomar un arma o golpear un enemigo; el ritmo cardíaco se eleva, igualmente el nivel de adrenalina. Lo que garantiza que se podrá cumplir cualquier acción vigorosa.

Miedo: La sangre va a los músculos esqueléticos, en especial a los de las piernas, para facilitar la huida. El organismo se pone en un estado de alerta general y la atención se fija en la amenaza cercana. También se suele somatizar a nivel de intestinos, soltando el peso que puede librarse el organismo para que la huída sea más rápida.

Felicidad: Aumenta la actividad de los centros cerebrales que inhiben los sentimientos negativos y pensamientos inquietantes. El organismo está mejor preparado para encarar cualquier tarea, con buena disposición y estado de descanso general.

Amor: Se trata del opuesto fisiológico al estado de lucha o huída en los cuales comparten la ira y el miedo. Las reacciones parasimpáticas generan un estado de calma y satisfacción que facilita la cooperación, la sintonía con los congéneres es fluida y además, con fuentes de satisfacción constantes.

Sorpresa: El levantar las cejas permite un mayor alcance visual y mayor iluminación en la retina, lo que ofrece más información ante un suceso inesperado.

Disgusto: La expresión facial de disgusto es igual en todo el mundo (el labio superior torcido y la nariz fruncida) y se trataría de un intento primordial por bloquear las fosas nasales para evitar un olor nocivo o escupir un alimento perjudicial.

Tristeza: El descenso de energía tiene como objeto contribuir a adaptarse a una pérdida significativa. Si persiste, se entrará en la resignación.

Como final a este escrito, no quiero dejar a un lado el aspecto espiritual del individuo, es decir, el aspecto espiritual de la emoción. Teniendo en cuenta este tándem, la emoción puede suponer un aprendizaje importantísimo que filtrado por el espíritu nos ayudará a ser más fuertes, no más duros. Nos ayudará a ser más sabios y más coherentes, más respetuosos con nosotros mismos y todo nuestro entorno.